Tú estás escuchando esa triste canción de aquel disco rallado. Nunca la habías oído pero el sonido te sorprende, la imaginación vuela a mil kilómetros por hora. No te das cuenta de que a tu alrededor la vida continua. Las parejas se besan, los bebes lloran, los niños juegan en el parque de la esquina mientras los padres toman un largo café. Y sobre todo, no te has dado cuenta de lo rápido que bombea tu corazón. De que has empezado a soltar una lágrima. Que poco después sale con miedo la segunda. Vienen tantos recuerdos a tu mente, tantas historias olvidadas... Es una explosión de emociones lo que sientes. Quizás felicidad o añoranza. La duda corroe tu cuerpo. Lloras desconsoladamente y el dulce sonido de la canción sigue. Las lágrimas esbozan por tu cara cara pálida y sonriente. Te acuerdas de cada uno de tus pasos por la infancia. De tu madurez y el resto de los recuerdos que parece que están medio borrosos. Te acuerdas de lo feliz que eras, eres y crees que serás. Y a partir de ahí, de ese momento. La canción finaliza. Donde acabas soltando esa última lagrima. Vuelves al mundo real. Todo sigue igual, nada ha cambiado. Los sueños siguen siendo solo sueños. Ser feliz cuesta mientras que no serlo es mas que fácil. La libertad está censurada. Te das cuenta, de que la vida no es vida.

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